Los Cambios

Un deseo irreprimible de VIVIR
nos indicará que todo ha terminado:
que la tristeza no tiene más sentido,
de el que pueda tener la Felicidad”
(Albert Camus)
Creo que me había ido preparando poco a poco sin siquiera darme cuenta, pues ya había recortado un anuncio de una revista: una pared rojo-cereza, sobre la que se veía se reflejaba la luz natural de la calle, el mobiliario, poco y de madera color chocolate, un sillón blanco, un cuadro.
Y justo aquella mañana, me desperté de otro ánimo. Emocionada y muy segura de cómo lo quería (con la imagen en mi cabeza, reforzada por el recorte de la revista) pero sobretodo, una vez más sentía que YA ERA EL MOMENTO.
Tomé el poco dinero que apartaba yo para mis lujitos y salí con el recorte en una mano y un zapato (tono rojo cereza) en mi bolsa, derechito a Cómex, que presumen que te igualan cualquier color. Y con él en una cubeta, solvente, tinta negra para madera y un par de brochas, volví mi casa. Observé por última vez la pared amarillo-mango, me despedí de ella (después me arrepentiría un poco de no haberle tomado una foto) y bajé lo que la adornaba. Objetos todos queridos, pero muy especialmente, el mueble que sostenía mis CD’s que me regaló Aquel, un cumpleaños. Junté todo en un rincón, puse mi música favorita y ¡a pintar se ha dicho!
Mientras se secaba una mano en la sala, vaciaba cajones de ropa sobre la cama para cambiar la distribución de la recámara. Si iba a cambiar, iba a cambiar todo de una vez por todas. Salieron dos bolsas de “basura” (cosas que en algún momento creí que iban a servir para algo pero no me servían para nada), moví los muebles de lugar y mientras se secaba otra mano de pintura, ponía solvente y lijaba los muebles de madera y así, sin casi darme cuenta, pasaron dos días, prácticamente sin comer, sin salir, sin hablar con nadie, casi sin tomar agua.
Necesitaba TANTO un poco de compañía, me urgía un abrazo, una oreja, una opinión y transmitir lo que sentía… Mis padres aparecieron por ahí, comentando que el amarillo-mango de antes era mejor… trataron de ayudarme a poner todo en orden, pero en ellos descargué toda mi frustración, mi ira contenida por meses, mi dolor, mi nostalgia… y por supuesto, me mandaron merecidísimamente al carajo.
Tal vez para ellos suena como una más de mis locuras el explicar que esos cambios vinieron a reacomodar la energía de mi vida, que estaba cerrando círculos y conociendo una nueva vida y que ese cambio radical (¡pero niña, es solo el color de una pared!) había venido a remover digámoslo así… el agua estancada.
Ese cambio, el del color de una pared, significaba que yo por fin estaba soltando, que aunque yo ya lo sabía, un círculo se cerraba (y por tanto otro se abría). Por fin me enfrentaba a que el mundo ya no era ni iba a ser como yo lo había soñado (me gustaba TANTO mi pared amarillo-mango!!) y yo no hubiera querido que fuera así, pero así era (y él se había ido de mi vida) y todo me dolía, pero también, todo había terminado (y no iba a regresar) y no había vuelta de hoja. Ya había cambiado el color, nos gustara o no. Ya nada era ni volvería a ser como antes.
Se cerraba un círculo, el amarillo-mango y empezaba uno nuevo, el rojo-cereza.
La buena noticia: cada día me gusta mucho más mi pared rojo-cereza, la casa se ha vuelto a llenar de flores (muchas raras, nuevas, diferentes) y todo parece irse acomodando poco a poco. Dedicaré las vacaciones a convertir mis muebles claros, en muebles color chocolate.